¿Adolescentes y operación bikini?

Vienen las amigas de V. a buscarla. Hoy no tienen clase por la tarde y han decidido ir de bocata a la playa. No, que como hace malo van a casa de Bea. Son tres catorceañeras normales, sonrientes, altas, madre qué pasa con estas niñas no van a parar de crecer. Pelo larguísimo todas. Dos rubias, una castaña, otra morena. Son las amigas del cole, un cole concertado, de familias típicas de cole concertado. Mientras V. mete la toalla en la mochila, escucho al pasar: ‘Sí, podéis venir a casa, pero no comáis’. Lo dice la más alta, la más rubia, la más delgada, la más guapa.

Se me dispara una alarma maternal; me las imagino obsesionadas por la imagen, queriendo adelgazar, anoréxicas perdidas, pero cómo no me he dado cuenta, si son super deportistas, además, ¡pero si parecen unas niñas tan normales!

Como no sé cómo reaccionar, estoy totalmente descolocada, suelto:

– V. , qué quieres, bocata de atún o de pechuga de pollo.  A ver que me dice.

– ¿Puede ser pizza? -Ehhh, bueno, te preparo una cuatro quesos. Se mira un segundo con las otras. – ¿Pueden ser dos? es que somos cuatro…

Creo que conozco a mi hija y la cosa no va de que disimulan y a la salida las tiran en la papelera. Le pregunto a Bea – Pero, tu madre, ¿sabe que vais a tu casa? – Sí..-

Ya de vuelta, cuando estoy preparando la cena le pregunto a V que qué tal las pizzas. – muy buenas, dice , hace una pausa -es que la madre de Bea le deja que vayamos pero sin comer.

– ¿Qué? mi cara es de no entiendo de qué va la cosa.

– con esto de la crisis no comemos nada en las casas, imagínate si vamos cuatro y merendamos pues son dos paquetes de galletas. Ya nadie come cuando va a las casas aunque tengas hambre.

Yo me vuelvo a descolocar muy en silencio. Nunca he cortado unos tomates más tristes.

Hablemos ahora de la operación bikini, si queréis.

girls on beach

La primera vez de todo

Yo tengo una hija en África. Hablo con ella por teléfono y me acuerdo entonces de mis andanzas por esos mundos de Dios. Parece que fue ayer cuando correteaba- con la excusa de los idiomas- por Inglaterra. Alemania, Francia, Rusia! Ah!, pero, ¿era yo esa profe de ruso en San Petersburgo?
Cuando llamaba a casa invariablemente me caía la pregunta de mi madre:
– ¿ comes bien, hija mía? a lo que invariablemente yo contestaba un – Sííí- en plan- qué pesada mi madre – pero eso por dentro. En realidad contaba los días que faltaban para volver a sus croquetas, la sopa de caldo, el ternasco, ¡hasta las borrajas y garbanzos! Pero eso no se dice que no queremos preocupar a  las madres.
Ayer hablé con Gajmula y me asaltaron esos recuerdos cuando fui a preguntarle;
-¿ hija mía, comes bien? y me contuve a tiempo. Me paré en seco porque ya sé que la respuesta iba a ser una mentira, que iba a decirme que sí, toda digna ella, además.
Y yo se que hoy come lentejas, igual que ayer, igual que mañana. Que ha desayunado un té, que la cena es otro té y punto. No, otro no, el mismo, que vuelven a hervirlo muy poéticamente tres veces: el primer té es amargo como la vida, el segundo dulce como el amor, el tercero suave como la muerte.

Y por primera vez me duele una hija.

          

                                    

Gajmula nos ha mandado un paquete con regalos para todos. Hablemos ahora de la Navidad, si queréis.