138 días para que una pequeñaja me deje sin siestas bajo la higuera.

Que no, que no estoy embarazada, pero la emoción es máxima. Si todo va bien y el Frente Polisario no lo remedia, que ya sabemos que desastrosos son en casi todo, este verano seré madre de acogida de una niña saharaui. Hala!, ¡ya está ! es que es una noticia que me hace tanta ilusión que  la llevo en medio secreto por si se estropea o algo.

Y, bah! Si no soy novata, si ya Gajmula me curtió pero bien curtida. Acoger a Gajmula ha sido el susto más grande de mi vida. La experiencia más intensa, y he parido dos niñas y las he criado y las sigo criando, vamos. Nunca antes me había sentido desbordada y superada y mis amigas ahora si lo leen se llevan las manos a la cabeza porque la cara de susto no se me pasó en una semana.

Por causas nunca aclaradas y ahora para qué, en vez de la niñita de 8 años que teníamos asignada y a la que habíamos preparado con ilusión y esmero peluches y vestiditos de volantes, nos apareció en casa una adolescente de 15 años. Me hice el máster acelerado  en madre de adolescente y ni siquiera era mía. Yo que todavía estaba en la fase ratoncito pérez y así. Por circunstancias naturales y evidentes el primer día me ví explicándole qué era un tampón y para qué servía. Madre… qué ojos como platos me puso. Ese fue el principio de un verano que nos cambió la vida a todos, a ella que en dos meses le cortamos el pelo, se hizo un piercing, le pusimos gafas, me recorrí con ella todos los hospitales de la comarca. Le enseñemos Disney, Crepúsculo y las noches de Friends en sesiones de 4 capítulos seguidos, muy fan de Phoebe, Gajmula. Cuando se cansaba de estar sentada se dejaba deslizar al suelo. El primer día que la puse en la cama se cayó al suelo. Gajmula que ha asistido a más partos que yo a eventos solidarios. Que vive en el desierto que no tiene agua, que en el restaurante llamaba garçon al camarero. Que podía tener la mirada más dura que la reina del mercadillo. Que tenía una puntería imbatible con el tirachinas, que se fue igual de flaca y me lo echaba en cara: “claro, todo el día de aquí para allá, de allá para aquí, y más negra todavía para su desespero. Que cuchicheaba por las noches con mis hijas, las tres durmiendo juntas en la misma habitación.

Nunca he visto llorar a V como cuando se despedía de Gajmula, nunca. Yo la echo de menos.  A veces no sé si todas las ideas que se llevó de aquí; de derechos de las mujeres, de libertad, de dignidad, le ayudarán o le costarán carísimo.. Gajmula no saldrá del desierto y me ha costado un año que el dolor no me queme. Dar gracias por ella y la suerte que tuvimos de disfrutar de su sentido del humor; de Sabina enseñándole a leer, de la primer vez que fue al cine el miedo que le dio la oscuridad, el asco a la textura de los helados, lo contenta que se puso cuando le enseñó Fernando a ir en bici, que iba gritando “¡Soy libre!..” como si fuera volando…

Ahora estoy preparada y no me aguanto las ganas que tengo. Esta vez será una niña pequeña que tendrá mil primeras veces. Los grifos, saltar olas, la sandía, las escaleras automáticas, el coche, las amigas.

Contando los días que faltan estoy.

sun shine

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Yo tengo una granja en África…

giraffe-manor2¿ O es una escuela? bueno, qué más da. Así de literariamente me lo tomo, en plan Karen Blixen tomando té en porcelana de Limoges,  contemplando la sabana keniana ella, el mediterráneo yo. Ayer fue la jornada solidaria en el cole de las niñas. Inciso: si creéis que conforme crecen las criaturas se simplifica la agenda familiar pues no guapas. Cada uno tira para su lado y si quieres hacer algo todos juntos en plan plan familiar y que guste a todos y que reine la paz y la armonía y que el caos no se apodere del mando y las cervicales no te amarguen el finde necesitas un máster de creatividad y comunicación, ese al cual te inscribiste el día que nació el churumbel primero. Sólo tengo dos hijas y un perro. El hombre Tranquilo que tiene la lección aprendidísima y dice amén a la propuesta y a dónde vamos, no tiene gorra de plato pero es un chófer de lo más pro. Camisa limpia y poniendo buena cara, es un sol. Últimamente la perra está pachucha tel tipo ‘ hoy no me puedo levantar’ y no es resaca. Pues nada, que la llevo en brazos hasta la calle. 28 kilos de mejoramiga, amortizando el gimnasio que por la operación bikini no es, qué va, salta a la vista, no soy tan superficial .

Nos plantamos en el domingo más solidario en la vida de S. El Hombre Tranquilo está tranquilamente reunido en London, V. tiene partido tras partido. Me pide si la puedo llevar al campo. – Vas corriendo, así vas calentando. Cuela. Bien. Espero que vuelva sola porque no tengo coche. Puntualizando, no tengo Las Llaves del coche. Bueno, esa es otra historia, no alarmarse, ya aparecerán.

A mi me toca estar en el taller solidario de trencitas de colores, y están todas las niñas del mundo entre 4 a 10 años en fila. Todo controlado. Me lo he empollado de un tutorial molongo en You Tube. Yo todo lo arreglo con tutoriales, desde desatascar el filtro de la lavadora, cortarte la melena a capas tu misma o hacer la declaración de la renta. Una maravilla, oye. Lo de las trencitas lo he practicado con la American Girl que teniendo pelo de verdad- o al menos a mí me lo parece- no se queja de los tirones.

S. se arregla sola coge un bolsito naranja y se engancha a sus amigas ya desde la puerta.

La veo con una fanta en la mano – ¿Quién te ha comprado los tickets?

– Yo.. he traído mi dinero.

– Ah! muy bien..¡Qué emoción me embarga! ¡Mi niña, qué mayor, qué solidaria, qué independiente, qué todo! Yo sigo a lo mío, qué melenazas tienen estas niñas, por Dios, ¡con la American Girl era mucho más rápido!. Ahora veo pasar a S. con ganchitos, luego en la cola de las trencitas y más tarde haciendo un punto de libro. Al final de la mañana mi psicomotricidad fina está a nivel encaje de bolillos a ojos cerraos.

Hoy es lunes y camino del cole nos encontramos con Carmen, la organizadora de la jornada solidaria, que nos saluda cariñosa como siempre. ¿O más cariñosa hoy? Aprovecho para felicitar a S. que se portó tan bien ( y tan sin darme la lata) -Sí – me dice- y hasta me ha sobrado un ticket.

– Ah, ¿sí? ahora me vienen a la mente la fanta los ganchitos etc- ¿ Cuánto dinero te has gastado?

– 120 euros…lo que llevaba en mi bolso…

-¡Quééé! ¡la madre que la parió! me veo incapaz de asumir los riesgos de su ‘hacerse mayor’.

– ya sé que es mucho dinero, pero es solidario, mami, para que los niños de África también vayan al cole. (Con lo felices que están así, ¿ he dicho yo esto? ah! no, sólo lo he pensado)

Ya estoy viendo la foto de la inauguración de la escuela, una plaquita en la puerta con el nombre de mi hija.

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La primera vez de todo

Yo tengo una hija en África. Hablo con ella por teléfono y me acuerdo entonces de mis andanzas por esos mundos de Dios. Parece que fue ayer cuando correteaba- con la excusa de los idiomas- por Inglaterra. Alemania, Francia, Rusia! Ah!, pero, ¿era yo esa profe de ruso en San Petersburgo?
Cuando llamaba a casa invariablemente me caía la pregunta de mi madre:
– ¿ comes bien, hija mía? a lo que invariablemente yo contestaba un – Sííí- en plan- qué pesada mi madre – pero eso por dentro. En realidad contaba los días que faltaban para volver a sus croquetas, la sopa de caldo, el ternasco, ¡hasta las borrajas y garbanzos! Pero eso no se dice que no queremos preocupar a  las madres.
Ayer hablé con Gajmula y me asaltaron esos recuerdos cuando fui a preguntarle;
-¿ hija mía, comes bien? y me contuve a tiempo. Me paré en seco porque ya sé que la respuesta iba a ser una mentira, que iba a decirme que sí, toda digna ella, además.
Y yo se que hoy come lentejas, igual que ayer, igual que mañana. Que ha desayunado un té, que la cena es otro té y punto. No, otro no, el mismo, que vuelven a hervirlo muy poéticamente tres veces: el primer té es amargo como la vida, el segundo dulce como el amor, el tercero suave como la muerte.

Y por primera vez me duele una hija.

          

                                    

Gajmula nos ha mandado un paquete con regalos para todos. Hablemos ahora de la Navidad, si queréis.