La primera vez de todo

Yo tengo una hija en África. Hablo con ella por teléfono y me acuerdo entonces de mis andanzas por esos mundos de Dios. Parece que fue ayer cuando correteaba- con la excusa de los idiomas- por Inglaterra. Alemania, Francia, Rusia! Ah!, pero, ¿era yo esa profe de ruso en San Petersburgo?
Cuando llamaba a casa invariablemente me caía la pregunta de mi madre:
– ¿ comes bien, hija mía? a lo que invariablemente yo contestaba un – Sííí- en plan- qué pesada mi madre – pero eso por dentro. En realidad contaba los días que faltaban para volver a sus croquetas, la sopa de caldo, el ternasco, ¡hasta las borrajas y garbanzos! Pero eso no se dice que no queremos preocupar a  las madres.
Ayer hablé con Gajmula y me asaltaron esos recuerdos cuando fui a preguntarle;
-¿ hija mía, comes bien? y me contuve a tiempo. Me paré en seco porque ya sé que la respuesta iba a ser una mentira, que iba a decirme que sí, toda digna ella, además.
Y yo se que hoy come lentejas, igual que ayer, igual que mañana. Que ha desayunado un té, que la cena es otro té y punto. No, otro no, el mismo, que vuelven a hervirlo muy poéticamente tres veces: el primer té es amargo como la vida, el segundo dulce como el amor, el tercero suave como la muerte.

Y por primera vez me duele una hija.

          

                                    

Gajmula nos ha mandado un paquete con regalos para todos. Hablemos ahora de la Navidad, si queréis.

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